Este viernes, un colaborador de este portal que publica sus colaboraciones bajo seudónimo estableció un debate respetuoso con mi columna de la semana pasada en Disidencia. Quiero explicar por qué me es imposible contestarle, aún en los mejores términos. No es porque lo piense indigno de consideración intelectual, ni porque sus argumentos me parezcan malos. Vamos, incluso el tono es muy educado. No obstante, suceden varias cosas:
Por una cuestión de principios personales, yo no dialogo ni con anónimos ni con seudónimos. ¿Por qué? En primer lugar, porque me parece una falta de respeto al público. Si yo firmo con mi nombre y apellido todo lo que escribo, espero que quien busque dialogar o incluso rebatirme con buenas razones, haga lo propio. Yo doy la cara y exijo lo mismo de mi interlocutor. Me parece un asunto de equidad básica.
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En segundo lugar, porque a mí, firmar con nombre y apellido me ha costado el despido fulminante de dos medios de comunicación. Primero el diario La Razón, cuando López Obrador ganó la elección presidencial de 2018. Y un año más tarde el diario Contra Réplica, del cual fui fundador, por el mismo motivo, es decir, la crítica del obradorismo. Yo no tengo ninguna prueba e incluso ni siquiera creo que el gobierno pidiera mi cabeza, pues no soy una personalidad pública famosa. Pero sí me consta que mis jefes directos y/o los propietarios de los dos medios arriba mencionados optaron por sacarme de sus páginas para modificar la línea editorial y volverla favorable al oficialismo. A mí eso me costó en su momento la tercera parte de mis ingresos económicos. A pesar de todo lo anteriormente expuesto, jamás he dejado de publicar mis textos con mi propio nombre y apellido. Creo entonces que, habiendo pagado costos financieros y reputacionales por esto, merezco la consideración de que quien me cuestione actúe igual que yo y dé la cara.
Tercero, como pueden atestiguar los lectores de este espacio, nunca he rehuido el debate. Aquí he sostenido diferencias de opinión serias incluso con el dueño y fundador de este portal, Pablo Majluf y con mi amigo Carlos Matienzo. A veces, creo, he tenido razón, y en otras ocasiones he recibido mis merecidos coscorrones intelectuales. Yo agradezco profundamente la apertura al debate abierto de Majluf. Escribo en Disidencia no solo porque Pablo sea mi amigo, o porque su línea editorial me parezca adecuada, sino precisamente por lo que representa: un medio sin restricciones, censura o compromisos con anunciantes o gobiernos. Aquí uno se debe a los lectores, cuyas contribuciones económicas mensuales sostienen el portal. Jamás he recibido la más mínima insinuación de Pablo para modificar una postura mía ni para proteger una persona o unos intereses específicos. Vamos, ni siquiera me prohibió criticar a otros colaboradores del portal. Eso se agradece y debe pagarse con la misma moneda mediante la disposición a recibir todas las críticas vengan de donde vengan, siempre y cuando tengan un nombre y apellido responsable del texto.
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Cuarto, a mí no me molesta que me corrijan o incluso reconocer mis errores. En este mismo portal escribí un mea culpa explícito y muy largo de mis predicciones fallidas sobre la posibilidad de que Sheinbaum se rebelara contra AMLO. De nuevo, mi exigencia es que se haga en forma transparente y que mi crítico o crítica lo haga de frente.
Quinto y último, la única razón legítima para valerse de seudónimos o el anonimato es el miedo. Miedo a represalias, miedo a la censura, miedo al peligro de un gobierno, un poder empresarial o a sufrir lesiones en la integridad física, patrimonial, etc. Nada de eso aplica en este caso. Yo no tengo ningún poder de dañar a mis críticos y, además, aquí mismo le hago la promesa solemne a quien quiera que firme con ese seudónimo, que yo no tengo intención ni interés de dañarle en ningún sentido. Pero le demando un debate entre caballeros y una vez más, los caballeros dan la cara. De otra manera se sienta el precedente de tolerar que se arrojen piedras y esconder la mano. Así no funciona el diálogo civilizado. Cada quién se hace responsable de sus palabras o nadie se hace responsable de ellas. Si Voyeur está dispuesto a revelar su identidad, lo espero para discutir amistosa y acaloradamente cuando quiera y donde quiera.
Esta semana, en un ejemplo más del clima adverso a la libertad de expresión en México, el diario El Financiero expulsó de sus páginas al escritor Fernando García Ramírez por un texto muy crítico del gobierno actual. Mi solidaridad con Fernando. Quienes censuran, incurren en la práctica que condené arriba: tiran la piedra y esconden la mano. Se escudan en abstracciones como “se molestaron arriba”, “hubo gente que se incomodó”, “lastimaste intereses poderosos” y un larguísimo etcétera de pretextos similares. Es una exhibición de cobardía y de renuncia a la responsabilidad de defender lo que algún editor autorizó. Es la muestra de pusilanimidad de quien no quiere admitir que está tomando la decisión personalísima de despedir un colaborador. Precisamente por ello, debemos reivindicar aquello que los anglosajones llaman accountability, algo así como la rendición de cuentas y las responsabilidades específicas de cada cuál.
Yo me hago responsable de lo que firmé en torno a la guerra de Ucrania. Voyeur no, deja a la imaginación saber quién es, así que no asume ninguna responsabilidad. Le agradezco su lectura y que se haya tomado la molestia de contestarme, pero no puedo sino rechazar sus cuestionamientos pronunciados desde la comodidad de la máscara que lo protege. Lo lamento por nuestros lectores, que merecen intercambios transparentes y a quienes les agradezco su atención cada semana.





No te quito la razón después de lo que nos has expuesto de manera tan genuina.. sin embargo he de reconocer que me quedé anciosa queriendo conocer tu contra réplica a la columna de Voyeur de Venal con respecto a la guerra Rusia/Ucrania.... veremos qué nos responde!!! Y eso siiii, tengo que decir que me encanta hacer parte de "DISIDENCIA" con plumas y talento "Grandes Ligas"!!!!!
No coincido en los argumentos de Raudel para rechazar el debate, para mí las ideas valen más que la identidad, pero entiendo la postura. Lástima, porque hubiera sido un gran ejercicio.