El trumpismo no es fascista, Parte II
Segunda entrega de por qué la etiqueta de fascismo es equivocada. Más la Esquirla: el descenso en el consumo de alcohol entre jóvenes.
Disculpen que insista. Mi primera entrega sobre el tema provocó muchas reacciones y sentí la necesidad de aclarar algunos puntos y motivaciones. Cuando digo que el trumpismo no es fascista, para nada es en ánimo de edulcorar ni normalizar ni minimizar la crítica ni mucho menos apagar las alarmas. Reitero que veo con preocupación lo que sucede en Estados Unidos, además de que he sido fundamentalmente un crítico del trumpismo desde su nacimiento y evolución. Me parece un fenómeno en general abominable y peligroso.
Mi desacuerdo es estratégico y conceptual. Estratégico porque pienso que nombrar equivocadamente a los regímenes tiene consecuencias políticas. Es un poco lo que nos sucedió en México cuando equiparamos a López Obrador con Hugo Chávez y al obradorismo con el chavismo, siendo que son tantas y tan abismales las diferencias, desde lo personal hasta lo territorial, que el umbral terminó desacreditando a los críticos y permitiendo que el tirano se saliera con la suya, incluso si hay similitudes. Yo mismo de vez en vez le llamé al obradorismo fascista a la ligera. Y miren el resultado. Me recuerda mi colega Raudel Ávila que el panismo hacía lo mismo, pintando de “comunista” al viejo PRI durante 50 años infructuosamente desde Miguel Alemán, caricatura que no causó ni la más mínima mella.
Podcast: La recta final — con Guadalupe Acosta Naranjo
Lo mismo pasa con el fascismo frente a Trump. Me convenció de ello la columnista del Washington Post Megan McArdle en un artículo tras la crisis en Minnesota. No sólo los críticos llevan diciéndole a Trump fascista desde hace 11 años —algo que claramente no ha funcionado, al grado que se reeligió— sino que puede tener el efecto contrario. En lugar de motivar el acuerdo bipartidista y el diálogo ciudadano, aleja cada vez más a los polos. Los aludidos, que son más de 75 millones de votantes, dan por incomprendidas las razones de su voto y se siente alienados; y los acusantes son vistos como intransigentes indispuestos a hablar.
Además, suponiendo que la gente supiera realmente qué es el fascismo más allá de espantajos, el asunto nunca es racional. Estudios muestran reiteradamente, desde hace décadas, que en Estados Unidos es muy fijo el voto, un asunto casi familiar, prácticamente inamovible y la gente no cambia su predilección por etiquetas. A Nixon también le decían fascista y a Bush también.
Encima está la erosión del lenguaje, la pérdida de efectividad con el abuso de palabras. Nos pasó con “racismo”, o si quieren un ejemplo más próximo en México “violencia política de género”. O “genocidio” en el conflicto palestino-israelí. Ya son acusaciones tan manoseadas, tan pasadas por las burdas suelas de la generalización, donde prácticamente todo encaja, que se abarata tanto el concepto hasta perder toda eficacia.
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Ahora bien. Me dirán ustedes que qué importa lo estratégico, si este es un blog mexicano y lo que vale es decir la verdad sin efectismo electorero. Y concedo. Pero por eso mi otra diferencia, la conceptual.
Ya intenté explicar por qué no se vislumbra en Estados Unidos el ascenso de un régimen fascista. No veo las condiciones ni políticas, ni culturales, ni históricas, ni mediáticas, ni legales para ello. El fascismo es un modelo totalitario, monolítico, bélico, vertical, centralista. No veo esa uniformidad ni dentro del trumpismo, ni afuera en el amplio Estados Unidos. Eso no quita que en efecto haya personajes protofascistas y etnonacionalistas, si no es que totalmente dementes adentro del movimiento. Pero para ilustrar que el fascismo está lejos, consideremos que incluso los flancos más racistas —como los llamados groypers de Tucker Carlson— estarían dispuestos antes a votar por un Demócrata blanco de familia blanca como el woke Gavin Newsom, precisamente por el racismo, que por el vicepresidente JD Vance, casado con una hindú.
Consideremos también que los agentes de ICE que mataron al activista Alex Pretti en Minneapolis, resultaron ser hispanos del sur de Texas. Así es: agentes migratorios hispanos mataron a un activista blanco que defendía a inmigrantes ilegales negros somalís. Difícil hallar más grande ironía y sobre todo diversidad confrontada. Es cierto que todo movimiento fascista cuenta con colaboracionistas dispuestos a hacer el trabajo sucio, pero los reportes periodísticos relatan más bien que en ICE entra de todo precisamente por la bananerización, la erosión institucional y los malos procesos de reclutamiento que el ascenso de una Gestapo.
Próximamente en el podcast: Esther Shabot — Israel, el Medio Oriente, Irán, Palestina, Netanyahu, Trump, el antisemitismo y el tablero global.
Nada de esto quita que no haya que sonar las alarmas. Como acaba de escribir Raudel, está seriamente amenazado el imperio de la ley. De hecho, el momento de sonarlas pasó ya hace mucho: lo que sea que es Estados Unidos, ya no es una democracia liberal.
Con todo, no soy brujo ni conozco el devenir. Estoy optimista por la arquitectura republicana de los padres fundadores y pienso, como alguna vez nos dijo en una entrevista el canciller Castañeda, que el trumpismo es una oleada coyuntural y que en lo estructural probablemente sobreviva la república. Estados Unidos ha tenido peores crisis: para no ir muy lejos, una guerra civil y el segregacionismo, y los supo capotear.
Pero suponiendo que no lo logre, entregándonos al panorama más apocalíptico —que Trump, por ejemplo, desconozca elecciones y cosas de esas que nosotros conocemos muy bien y que sí son probables—, la verdad es que sigo sin ver el ascenso del fascismo. Veo más factible —como el filósofo británico John Gray— una confrontación armada, una colección de sectas, desde las MAGA hasta las woke, pasando por las tecno-oligarcas y las libertarias, disputándose el poder, un “híbrido florido” le llama, donde el país se divida en un collage de tribus encarnizadas. Eso es más acorde a la historia y la mecánica americanas.
Esquirla
Se popularizó esta gráfica sobre la caída brutal en el consumo de bebidas alcohólicas en Estados Unidos en la Generación Z, una caída de 86%, algo realmente impresionante:




