El trumpismo no es fascista
El gobierno de Trump tiene otras características perniciosas que no son su supuesto fascismo.
Veo con preocupación lo que sucede en Estados Unidos tras las infames redadas de la agencia antimigratoria ICE, que han dejado un par de muertos; pero me permito disentir del consenso que las califica como fascismo —o, en su versión edulcorada para deslizar la caricatura, “ascenso del fascismo”—, trazando analogías facilonas entre ICE y la Gestapo, y otros trucos retóricos por el estilo.
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Siendo muy claros, el fascismo es un sistema totalitario. No es un adjetivo menor: implica el control total —de ahí la palabra— del Estado sobre todos los aspectos de la vida pública y privada, la eliminación del disenso, de la democracia y de las libertades, para organizar a la sociedad en torno a la guerra y a un proyecto político único. Eso no es lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Ni cerca.
Consideremos, por ejemplo, que Trump acumula más derrotas en las cortes que victorias; que no sólo no existe reclutamiento militar obligatorio, sino que, en reacción a los desastres que dejaron los neoconservadores, buena parte de la estrategia foránea se basa precisamente en evitar ocupaciones y cambios de régimen, encajando por ello Trump críticas que sostienen que cede demasiados espacios de hegemonía a China y Rusia; que Trump enfrenta una robusta oposición en el Congreso donde mantiene una frágil y mínima mayoría de la que muchas veces desertan los miembros de su propio partido; que el año pasado el gobierno estadounidense estuvo cerrado por falta de acuerdo presupuestal con la oposición. Ejemplos sobran.
Tras los operativos de ICE en Minnesota y el asesinato del activista Alex Pretti en Minneapolis, Trump reculó y terminó llegando a un acuerdo, en diálogo abierto y espíritu republicano, con el gobernador del estado, Tim Walz —un vocal político de oposición y excandidato a vicepresidente— para retirar a ICE de las calles. Esta negociación, ese respeto por la soberanía estatal —lo que los estadounidenses llaman compromise— es precisamente lo que vacuna a una república federada como Estados Unidos contra el fascismo, un sistema que requiere centralización extrema y verticalidad para convertir a toda una sociedad en monolito.
Hablando de monolitos, me sigue tranquilizando el enorme disenso en el ecosistema de medios. Prácticamente todos los editoriales importantes del país condenaron el asesinato de Pretti, incluso desde las trincheras más conservadoras, como Fox News. Algunos analistas aventuran que, de hecho, Trump reculó en Minnesota porque teme una reacción negativa en las elecciones intermedias que le cueste no sólo la mayoría en la Cámara de Representantes, sino también en el Senado. Dicho sea de paso: si existe un riesgo mediático en Estados Unidos, es más bien el del desorden: una anarquía informativa donde nadie es plenamente confiable y hay saturación de escándalos, lo que permite al populismo escabullirse, pero no imponerse como dogma único.
Próximamente en el podcast: Guadalupe Acosta Naranjo
Entre las críticas a Trump sobresalen las de su propio lado: se han filtrado numerosos testimonios sobre el rechazo interno al principal responsable de las redadas fallidas, Stephen Miller, al grado de que tuvo que salir a admitir que ICE probablemente violó protocolos en el manejo de multitudes. Miller —uno de los más influyentes asesores de Trump— definitivamente tiene una pulsión protofascista, cruel y etnonacionalista, pero esos rasgos necesitarían otro sistema político para florecer plenamente e imponerse. MAGA es una coalición amplia y contradictoria, cuyos sectores más reaccionarios chocan una y otra vez con la arquitectura de la república.
Con todo, no deja de ser cierto que ICE cometió un grave error. No sólo porque cualquier asesinato es una tragedia evitable, sino porque el trumpismo termina mordiendo el anzuelo de sus peores críticos. Y, como he dicho antes, quien más gana con Trump son los radicales del otro lado: Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar o el nuevo alcalde socialista musulmán de Nueva York, Mamdani. El riesgo real no es sólo que regrese el péndulo del wokismo, sino —como advierte Fareed Zakaria— que el derecho legítimo de Estados Unidos a una migración ordenada y virtuosa, promesa bajo la cual se reeligió Trump, quede destruido por sus excesos.
Para mí, el trumpismo plantea otros problemas que no son su imaginado fascismo. Ni Trump ni su círculo cercano son gente seria ni confiable, y eso erosiona tanto las instituciones internas como las alianzas externas. Por ejemplo, que se filtren secretos de Estado por WhatsApp, como ocurrió con el exasesor de seguridad nacional Mike Waltz; que se normalice un manejo patrimonialista del poder, como permitir que Trump reciba un avión de Catar; o que la improvisación de los métodos de reclutamiento y protocolos de operación de ICE no resistan la menor prueba de calidad institucional. La incompetencia y el lenguaje, la demagogia y la vulgaridad, que muchos desestiman como triviales, son muy peligrosos, además de alimentar la crispación social, de la cual, esa sí, Estados Unidos ya ha sufrido bastante.
Esquirla
Algo que pasó casi inadvertido en Davos fue el discurso de Zelensky, sobre todo por su sorprendente similitud con el de —irónicamente— Trump. Ambos reprocharon el letargo europeo. Zelensky entre líneas calificó de hipócrita al vecindario: se pasean por todos los foros condenando a Putin y proclamando solidaridad con Ucrania, pero apenas envían migajas para prolongar la guerra, no comprometen tropas y ni siquiera han liberado todos los fondos rusos congelados. Siguen esperando que Estados Unidos haga el trabajo sucio, mientras buques petroleros rusos continúan entrando a Europa por el Ártico. Y en eso, Zelensky tiene razón. Si alguien ha sido cobarde, ha sido el que se disfraza de virtuoso.





No podría estar más de acuerdo con tu premisa, Pablo. Además, la ilustración de tu artículo, de primera. 👌
Pablo, espero que estés mejor.
Pareciera que esa degradación institucional interna y externa es por diseño, les abre espacio para posicionarse en cotos de poder afines a sus intereses, mas económicos que políticos.
La polarización les ayuda en cuanto a que aleja el diálogo racional y les da mas libertad de acción.