La erosión del “rule of law”
Estados Unidos sufre agresiones al imperio de la ley desde varios ángulos, de las cuales podrá recuperarse ya sólo parcialmente.
Tony Blair afirma insistentemente en su libro sobre liderazgo que, en su concepto, lo que hizo diferentes a los países de habla inglesa, no fue la libertad comercial, ni la religión, ni la presunta superioridad de sus ideas. Vaya, ni siquiera la libertad de expresión o su desarrollo científico y tecnológico. Todo eso pudo ser importante, pero lo primordial fue otra cosa: the rule of law, el imperio de la ley, o como dicen los comentócratas mexicanos en una expresión horrible y abstracta “el estado de derecho.”
El imperio de la ley fue lo que aportó credibilidad a esos países (y a sus gobiernos), en tanto que se cumplían los contratos. No importa si uno de los firmantes del contrato era extranjero, en un juicio equitativo podía ganarle al firmante nativo de esos países. Más aún, el extranjero podía ganarle al gobierno local en las propias cortes y tribunales locales. ¿Y qué? Preguntarán muchos. Eso le dio seguridad a los capitales para invertir y guardar su dinero en los bancos de los países de habla inglesa. Tiene mucho sentido.
Ese dinero se sentía protegido por el rule of law y, consecuentemente, de ahí derivaron todos los otros aspectos del desarrollo en esos países. El dinero llegó y desde ahí pudo canalizarse a todas las prioridades arriba enumeradas.
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Ahora bien, en el caso del Estados Unidos contemporáneo, es precisamente ese imperio de la ley el que más está sufriendo tensiones.
Piense usted en la Suprema Corte de los Estados Unidos, otrora ejemplo mundial de imparcialidad. Hoy el más superficial de los observadores se ha dado cuenta de que los integrantes de aquel cuerpo son designados mediante criterios ya no digamos políticos, sino rigurosamente ideológicos. Ya he citado aquí o en otra parte la excepcional novela Decision de Allen Drury, sobre las cavilaciones, dudas y preocupaciones de un miembro de la Suprema Corte norteamericana. Humano en sus defectos, pero justo en sus deliberaciones. Bien, ese personaje literario ya no parece encontrar correspondencia con sus pares en el mundo real.
Segundo, las facultades presidenciales. Esto no es atribuible ni original del trumpismo, pero se ha intensificado la tendencia de gobernar por decreto, ya muy visible en los gobiernos de Obama y Biden. Cuando no se dispone de mayorías legislativas, es más cómodo emitir decretos, nada más que eso en lugar de hacer honor a la tradición legal de los países de habla inglesa, recuerda más a la imposición de los ucases en la época de los zares rusos.





