Kamala Harris: ¿Un espejo para Sheinbaum?
La similitud entre el fracaso de Kamala Harris y cómo Claudia Sheinbaum ha subordinado la Presidencia de la República a un caudillo.
En la segunda mitad del año pasado, Kamala Harris, la vicepresidenta de Estados Unidos en el período de Joe Biden y candidata presidencial del Partido Demócrata en 2024, publicó 107 Days, un libro sobre su campaña electoral fallida. Aclaro quién es Kamala Harris porque la política es dura, y quienes hoy gozan de poder y reflectores, mañana quedan completamente olvidados. Digo más, muchas veces se vuelven irrelevantes.
La nota distintiva o el aspecto más recordable del libro es el rencor y el resentimiento de Harris contra Joe Biden por dos razones principales. La primera, por haber tardado tanto en renunciar a la competencia por un segundo período presidencial. La segunda, por intervenir en las decisiones de campaña de Kamala y del Partido Demócrata. Al menos esa impresión deja una lectura superficial.
No obstante, cuando uno oye a la excandidata en entrevistas sobre el libro, transmite algo más. Siente un profundo coraje contra sí misma por no haberse enfrentado a tiempo a su jefe, es decir, al propio Biden. Como cualquier candidato derrotado, Harris encuentra todo tipo de chivos expiatorios y gente a la cual culpar de su fracaso. Con todo, si bien nunca lo dice explícitamente, Harris parece haber tenido un rapto de lucidez en el cual se preguntó: “¿y si la responsabilidad final de la derrota es mía por todo lo que no hice?”
A menos que disponga de una capacidad impresionante para reinventarse o ganar una elección a otro cargo de menor rango, Harris probablemente se convertirá en una nota al pie en la historia política de Estados Unidos y si hoy ya la olvidó mucha gente, en unos años solamente los historiadores la recordarán.
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Durante meses, mis amigos Pablo Majluf y Fernando García Ramírez me han preguntado cómo pude equivocarme al suponer que Sheinbaum se deslindaría de López Obrador. No que rompería con él, mucho menos que lo atacaría directamente, pero sí que se deslindaría. Eso pensé yo durante un año.
Pablo piensa que me ganó un chip priísta de suponer que lo que hacía el partidazo se repetiría ahora. O bien, una mirada histórica, dados los precedentes del siglo XX, lo más probable era que estadísticamente la presidenta tuviera necesidad de un desligue de su predecesor.
Fernando lo atribuye, creo, a una simple pero grave equivocación analítica de mi parte. Algo de razón tienen ambos. Con todo, debo decir que la motivación principal de mi error fue mucho más primitiva y elemental:






