El espejo
Segundo cuento de la serie 'Cuentos de Obradohorror'. Con ilustraciones originales de Viviana Hinojosa.

Sonó el teléfono, activando el habitual desasosiego de su hermana Tere.
—Ya vamos para allá, Tere, ¿todo bien?
—Primero Dios, Sandra, regresen con cuidado, de veras.
—¡Jajaja!, se rió Sandra. Siempre tan preocupada tú, Tere. Igual que de venida. Acá todo muy bien, Taxco muy bonito como siempre, fue un gran aniversario. ¿Cómo están los niños?
—Pues a Darío le duele un poco la panza pero bien, y Gime dice que quiere hablar con su papá.
—Sí, claro, a ver, se lo paso. Pero, bueno, ya vamos para allá, estamos ahí en la nochecita. Dale una Buscapina a Darío.
Sandra le pasó el teléfono a su esposo Miguel y Tere a su sobrina Gime.
—¿Papi?
—Hola, princesa. ¿Cómo estás?
—Bien, Papi. Oye, ¿puedo ver una película de miedo con mi tía cuando se duerma mi hermano?
—Pero pues nosotros llegamos antes. Mejor espérame y la veo contigo. Además te llevo una sorpresa.
—¿Qué, Papi?
—No, pues no te digo, si no ya no es sorpresa. Si quieres te doy una pista: es de plata, que es típica de acá, a ver si adivinas. Ya llegamos al ratito.
—¿A qué hora, Papi?
—Pues como en la tardecita, haz de cuenta. Mientras cuida a tu hermanito.
—Okay, Papi. Te amo.
—Sale, igualmente princesa, allá nos vemos.
***
Un fin de semana antes, Miguel y Sandra invitaron a comer a la tía Tere, hermana de Sandra, para decirle a sus hijos Gime y Darío —de nueve y cinco— que se iban a celebrar su aniversario al pueblito de Taxco como cuando eran novios, y que la tía Tere se iba a quedar a cuidarlos.
Aunque aún joven, Tere era soltera y preocupona, pero era una tía muy amorosa y divertida, así que los niños luego luego gritaron de emoción, sabiendo que jugarían almohadazos, verían películas, comerían dulces y palomitas, y contarían historias.
El júbilo de los niños no impidió, sin embargo, que aflorara otra vez la acostumbrada inquietud de Tere, que aunque estaba encantada de cuidar a sus sobrinos, preguntó como si no supiera el plan desde antes ni hubiera ya accedido:
—¿A Taxco?, y volteó los ojos con aire de objeción.
—Ay, sí, es hermoso, Tere, replicó su hermana. Íbamos mucho de novios, dijo Sandra volteando a ver a los niños. Queremos recordar y celebrar. Sólo dos noches. Y Sandra regresó la mirada a su hermana un poco fastidiada, pues ya habían hablado de esto.
—Pues sí, Sandra, dijo Tere, ¿pero a Taxco en carretera?
Y aunque en efecto ya habían hablado de esto, Tere aprovechó la presencia de Miguel y los niños para deslizar su inconformidad con el plan, aunque acarició a Darío para aclarar que feliz cuidaba a los niños.
Pero Miguel contestó:
—Ni te preocupes, Tere. Nos vamos de día por la autopista de cuota. Los Andere acaban de ir. Así varios amigos, y que todo bien, que está lleno de Guardia Nacional, cámaras, traemos el GPS. Taxco está renaciendo.
Y Tere volvió a voltear los ojos como si esos detalles no significaran nada o aun fueran peores, pero desistió en su renuencia ante cierta autoridad de su cuñado. Además, tampoco quería alarmar a los niños, ambos en plena edad de hacer preguntas.
Y cuando calló, corrieron los niños a abrazarla.
***
Especialmente Sandra no escondía la emoción de regresar después de quince años a ese lugar de tantas noches románticas donde la misma luna era de plata.
Tan pronto le dio un beso de despedida a los niños, se subió al coche y se soltó el pelo como si regresara en el tiempo a ser aquella novia con una mezcla de nostalgia y libertad.
En efecto salieron de día y tomaron la autopista de cuota. Tanque lleno, celulares y ubicación satelital del coche encendidos. La tía Tere seguía el trayecto en tiempo real — la única manera de calmarla.
Buen piloto Miguel, siempre. Ningún un problema nunca, ni de novios ni ahora. Y buen esposo también: mientras conducía iba escuchando la lista de canciones que Sandra había preparado —encabezada por Las mil y una noches que a él también lo transportaban a los años de romance a la vez que anticipaban la ocasión del aniversario— y prestaba oídos atentamente a los recuerdos que su esposa evocaba, asintiendo con una sonrisa o añadiendo algún detalle a alguna anécdota, lo que a ella más le gustaba.
Así fue el camino, un viaje en el tiempo, una condensación de tantas aventuras en carretera de esa época rebelde saliendo de la universidad en la que él tenía barba y pelo largo y ella un arete en la ceja, ese tiempo en el que soplaban los vientos de libertad y en el que el amor y el escenario eran promisorios.
No te pierdas el primer cuento de la serie.
Después de mucho pasaron un retén de la Guardia Nacional en la desviación a las Grutas de Cacahuamilpa, pero los oficiales sólo les apuntaron con un radar para leer la velocidad sin detenerlos, y en menos de tres horas, tan enamorados como cuando iban a casarse, con la sensación de la luna acercándose, una canción tras otra, sintieron al fin el clásico empedrado del pueblo mágico.
—Listo, Darling, mensaje inmediato y burlón a su hermana para poder desatender el celular los próximos días, muy escueto pero verificable en el mapa.
Habían llegado a Taxco, el famoso pueblo productor de plata, tejados rojos y casas blancas.
***
Dicen que los aniversarios no sólo consagran el amor recorrido, auguran también buena fortuna para el porvenir. Y se podría decir que este aniversario confirmaba el dicho.
Desde que el valet del hotel les tomó el coche, sintieron un aire de hospitalidad que aumentó cuando el recepcionista los condujo a su majestuoso cuarto con balcón panorámico a todo el pueblo, como si fuera la torre de una alcázar colonial encima de ese centro minero de cinco siglos que aún mantenía intacta su atmósfera.
Los juegos previos —la música, la carretera, las anécdotas— y ahora el aura del lugar vaya que funcionaron, porque tan pronto salió el recepcionista y cerró la puerta, Miguel y Sandra se entregaron como si en todo ese tiempo se hubiese estado conteniendo una energía compartida que ahora se desbordaba en un breve pero grandísimo clímax.
La prueba definitiva de la satisfacción fue que luego del acto recorrieron las calles, entraron a los clásicos talleres y tiendas, y cenaron bajo la luz de la luna de plata, casi sin intercambiar palabras, comunicándose apenas con esa mirada telepática en la que no cabe ningún sonido.
La confesión de amor de ella llegó en la noche cuando volvieron a entregarse ahora lenta y tiernamente, con la luna cada vez más chica y plateada pero también cada vez más poderosa. Y la réplica de él fue silenciosa: ella no necesitaba la explicitud, siendo más que correspondida con la mirada.
***
El día siguiente estuvo marcado más bien por el humor, signo de una espléndida noche y de una relación madura.
Desde el primer rayo, Sandra con ánimo bromista le dijo a Miguel que qué bueno que no le habían hecho caso a Tere. Y no dejaron de caer bromas todo el día. A Miguel le fascinaban los letreros escritos con plumón en cartulinas fosforescentes, con toda clase de frases extrañas y surrealistas que le iba comentando a Sandra, aumentando la hilaridad con cada una, como una que decía:
“AY RICAS PATITAS”
…donde era imposible saber si el “AY” era un error de ortografía de “hay”, queriendo decir que se vendían algún tipo de patitas para comer, o era una exclamación bien escrita adorando las patitas de un amante o un hijo. Todo era posible.
Y también fueron considerados con quienes dejaron atrás. Entraron a una orfebrería y le compraron a Tere unos aretes de plata. Y a Gime, que ya casi cumplía diez, un collar. Darío aún estaba chiquito para la plata, de modo que le cumplieron con un balero artesanal.
Luego Sandra se detuvo enfrente de un gran espejo con marco de plata y le dijo a Miguel que justo uno así les faltaba en casa.
El vendedor, que lo había notado por el acento, les preguntó que si eran de la ciudad, y que si querían se los podía mandar a domicilio para que se animaran.
Miguel se quedó pensando no tanto en el costo ni diseño —que ambos le satisfacían— sino si acaso el marco no cabría en el coche.
Pero para ahorrarse molestias y darle un voto de confianza al pueblo y al taller —una suerte de agradecimiento por el aniversario entero— y para complacer a Sandra, accedió. Pagó con tarjeta, le dio al vendedor la dirección de la caseta de vigilancia y un beso a su esposa.
—Pasado mañana está ahí, caballero, dijo el vendedor. Gracias por la confianza.






