Nota del autor
Amables lectores, este es el primer cuento de la nueva serie Cuentos de Obradohorror, que mezcla terror, humor y ficción política pero con asidero en la realidad. Los cuentos saldrán mensualmente y estarán en la nueva sección llamada Ficción.
Tenemos que regresar a la ficción, es parte de la disputa cultural en ciernes.
Las ilustraciones son originales de la pintora Viviana Hinojosa, hechas especialmente para cada cuento y también están a la venta. Informes directamente con ella aquí en Substack o en su cuenta de Instagram.
Este primer cuento es abierto a todo público para que sepan de qué se trata y se animen a suscribirse, los nuevos ingresos serán divididos con la ilustradora.
—Ya arreglarom la grieta, dijo don Evaristo, entonces todo biem.
Y mientras Inés le daba otra mordida a una pescadilla, paró la oreja.
—¿Cómo que una grieta, don Evaristo? ¿A qué se refiere?
—Es de que hace poco se notaba una grieta allí mire, por aquel pilote, entre el cuatro y el cinco, ya casi al llegar. ¿Ya vio? Pero llegarom los señores y la arreglarom.
Inés volteó a ver al puente, contó los pilotes, y entre el cuatro y cinco, en efecto vio…no una grieta como tal pero sí una gran marca de pintura blanca como las del pavimento.
—¿Ahí donde está la marca de pintura, don Evaristo?
—Sí, sí, es la reparacióm, contestó. Y es de que temblaba todo. Pero ya, mire…
E Inés sacó su teléfono para hacerle zoom a la pintura con la esperanza de preguntarle después a otra fuente sobre el asunto, aunque de todas formas era muy cuidadosa y diligente y a pesar del teléfono, don Evaristo nunca sintió que lo estuviera interrogando ni mucho menos, con todo y que le aclaró que era periodista.
Sin embargo, había otras mesas y don Evaristo se tuvo que ir a atender y la dejó por un momento sola.
Inés se desentendió de la grieta y, en cambio, se quedó viendo la laguna verde, bordeada de sus conocidos manglares. Muy hermosa, prácticamente un mar de agua dulce, que a escasos pasos conectaba con el de agua salada. Y enfrente, en una perfecta estampa para los comensales de las pescadillas, sólido se desplegaba el puente uniendo dos pedazos de tierra y por el cual, en unos días, circularían coches a grandes velocidades. Inés desconfiaba de las analogías y pensaba que eran delicadas en el periodismo turístico, pero por alguna razón ese cuadro particular le recordó al puente Veneciano de Miami.
Siguiendo el paisaje hacia los confines de la enramada, en la esquina vio un par de letreros sobre el agua que, colgados sobre estacas, pedían precaución en inglés ante la presencia de cocodrilos.
BEWARE! DO NOT SWIM!
—¿Apoco hay gente que se echa a nadar? Le preguntó Inés a don Evaristo por mera curiosidad cuando volvió a acercarse después de haber despechado una orden en otra mesa.
—Sim, gringos tomados. Los de acá no, nosotros no, ya hasta nos conocem, dijo don Evaristo.
—¿Los conocen a ustedes?, preguntó Inés. ¿Quiénes, don Evaristo? ¿Los cocodrilos?
—Sí. Luego se acercam y les aventamos de comer. Viene una hembra grandota a la que le dicem Layda, y otro viejito que le dicem Andrés. Les hablamos y vienem. Pero los de fuera luego se metem a nadar y se los comem.
Y don Evaristo se fue a seguir atendiendo mesas, como si semejantes acontecimientos fueran ordinarios.
Fugazmente pero incitada por la conversación, a Inés le cruzó por la cabeza la espantosa escena. Imaginó cómo enormes cocodrilos se retorcerían sobre su eje hasta despedazar a un nadador incauto. Y mientras se retiraba don Evaristo, se forzó mentalmente a volver al puente para deshacerse de la horrible imagen.
Inés Arriaga llegó por cuenta propia a Cancún para escribir un reportaje turístico sobre el Puente Nichupté, un inmenso viaducto flotante a punto de inaugurarse que finalmente cruzaba la homónima laguna aguamarina, conectando a la ciudad con el mar turquesa de esta perlita tropical. Una obra deseada desde hace mucho que agilizaría el tráfico turístico, especialmente de los trabajadores de los hoteles y huéspedes.
Reportera free lance especializada en turismo, Inés vendía habitualmente sus crónicas y reportajes a periódicos capitalinos, y en un par de golpes de suerte, a revistas americanas. El puente se inauguraría en pocos días, así que el editor de turismo del afamado periódico nacional La Verdad, quien ya le había comprado algunas notas, le dijo que adelante, que si le mandaba algo bueno, que las puertas estaban abiertas.
La paga era poca y el género escrito menguante, pero al menos le permitía a Inés financiar sus viajes, conocer el país y a su gente y, lo más importante, ejercer su pasión. A sus treinta años estaba convencida de que el periodismo era una vocación a la que sólo se entregaban los apasionados para compensar los bajos ingresos.
Finalmente acabó de comer, se terminó su cerveza y pensó que sería bueno ir ahora al ayuntamiento o alguna oficina de comunicación a intentar cotejar entre otras cosas lo de la grieta reparada que alegaba don Evaristo.
Se despidió, le dijo que había sido un placer, que gracias por todo, que muy buenas las pescadillas y que intentaría venir una última vez antes de irse, después de inaugurado el puente.
Don Evaristo le dijo que claro que sí, que siempre bienvenida y regresó a su faena.
Inés volteó a la enramada otra vez para verla con el puente y los letreros de cocodrilos, sintiendo otra repentina imagen mientras subía las escaleras de vuelta a la ciudad.
***
No había una oficina de comunicación como tal. La atendió una señorita un poco modosa en el edificio del ayuntamiento y le dijo que para todo lo de prensa la encargada era la Licenciada Yadira Puuc, pero que no estaba, que qué más se le ofrecía.
Inés iba a preguntar a qué hora y dónde la encontraba, cuando de reojo vio a un joven bien vestido, con camisa de cuadritos fajada en un pantalón caqui, cargando en el brazo un casco como de obra y un gafete que decía Ingeniero Cervera.
No sabía si era alguien del puente pero tal vez sabría algo y por lo menos sería mejor que la señorita. Y sin siquiera contestarle, se aproximó.
—¿Y tú trabajas en el nuevo puente?, le preguntó Inés.
—Bueno, superviso la etapa final de varias obras, aclaró. Pero ese puente es una maravilla, eh, remató.
Y con una sonrisa, Inés le preguntó que si había participado en toda la construcción, o que si sólo estaba supervisando el final.
—Nooo, llevo pocas semanas, dijo el Ingeniero Cervera. Ya sólo para la inauguración de la obra en cuanto el gobierno nos dé el pitazo. ¿Y tú? ¿En qué te puedo ayudar?
Inés sabía que nunca había que desenvainar de entrada una pregunta como la de la grieta. Había que ganarse la confianza de la gente y ya después deslizar esas preguntas, así que le preguntó qué otras obras había supervisado, como para evitar que sintiera demasiada fijación en el puente y centrar la atención en él.
—Bueno, el tren de la selva y sus estaciones, por ejemplo, dijo Cervera. ¿Qué más?, se preguntó en voz alta. El aeropuerto aquí de Tulum, dijo. Y se quedó pensando en más ejemplos…
Y cuando Inés sintió que la confianza empezaba a echar mínimas raíces, llegó a interrumpir la señorita que daba informes y a la que Inés había dejado colgada.
—Sí, mire, como le decía, todo lo de prensa es con la Licenciada Puuc, dijo la señorita.
El Ingeniero volteó a ver a la señorita y luego a Inés, apenas enterándose de que era periodista.
Cervera se quedó callado y regresó la mirada a la señorita que daba informes como insinuándole a Inés que ya no podría ayudarla aunque quisiera.
—Bueno, ¿y a qué hora puedo encontrarla?, preguntó Inés.
—En la tarde, contestó seca la señorita.
Y ante el silencio de Cervera cuya mirada aún sugería cierta voluntad, Inés pensó que sería buena idea aclarar que no era una periodista de investigación ni de corrupción ni nada de eso por si acaso eso provocaba reticencia.
—Dígale —y lo dijo también dirigiéndose al Ingeniero Cervera— que soy periodista de turismo, eh, que no se preocupe la Licenciada.
Y con ese ligero revés en el ayuntamiento —normal en el oficio—, salió.
***
En la tarde, después de tirarse un buen rato a pasar el calor en la sombra de una ceiba gigante de un parque llamado Kabah, mejoró la suerte. Además de otra señorita al frente en el módulo de atención, amable y risueña, finalmente estaba la Licenciada Puuc. De hecho dejaron pasar a Inés casi como si la estuvieran esperando, al menos tuvo esa impresión.
Al fondo, un cubículo con luz blanca neón, escritorio y computadora, de cuya puerta entreabierta colgaba un pequeño letrero que leía “Lic. Yadira Puuc, Comunicación”.
Desde que Inés iba en el pasillo con la señorita de la entrada, salió la Licenciada a recibirla, dejando la puerta lo suficientemente abierta para notarse que adentro estaba también el Ingeniero Cervera.
Parecía local. Chaparrita y cabezona con nariz ancha pero joven y relativamente atractiva. Tenía un traje ejecutivo con cuello blanco que combinaba con su sonrisa también blanca e impecablemente alineada. En poco tiempo Inés se dio cuenta que nunca dejaba de sonreír. Y a través de esa sonrisa de porcelana empezó a recitar un anuncio del puente, confirmándole a Inés que en efecto la estaban esperando:
—Sí, mire, es un puente que mezcla el color de la piedra caliza, la cual encontramos en las pirámides de la región, más sin embargo incorpora lo que vienen siendo las estructuras modernas del mundo para que el turista vea lo que es pues ahora sí que la tecnología y la seguridad…
En medio del promocional, el Ingeniero Cervera se acercó a saludar a Inés, pero se quedó al margen sin decir nada mientas la Licenciada Puuc continuaba:
—…Se le llamó Nichupté, que viene siendo el mismo nombre de la laguna, ¿verdad?, y que en maya significa ‘punta de laguna con árboles’. Ya lo vamos a inaugurar, continuó la Licenciada, sólo estamos esperando a que nos avise el gobierno. ¿Gusta venir al evento? Habrá corte de listón y todo, le damos pases, y también vendrá…
Y como que no dejaba de hablar pero tampoco permitía que Inés inquiriera nada, las pausas entre una oración y otra eran tan breves y los enunciados tan consecutivos, que si bien la Licenciada era agradable, Inés se abrumó. Incluso siendo periodista, no hallaba la oportunidad de intervenir y hacer sus preguntas, y en un momento de desesperación, la boca de Inés emitió casi involuntariamente —contrario al colmillo periodístico que ya tenía ella misma desarrollado—, aquella duda:
—Me dijeron que hubo una grieta en la construcción, dijo bruscamente Inés.
La Licenciada finalmente se calló un momento como si la pregunta le hubiera hecho corto circuito y se quedó pensando, pero inmediatamente retomó:
—…Venga a la inauguración, dijo contestando indirectamente a la vez que evitaba la pregunta. Verá que es la mejor tecnología, también se respetó lo que vienen siendo la biodiversidad, los manglares, y todo se hizo ahora sí que con perspectiva de género, un proyecto inclusivo y con…
El Ingeniero Cervera, sin embargo, se quedó callado. A Inés le pareció extraño no sólo su silencio —siendo supuestamente el más calificado para dar una explicación—, sino el gesto inhibido, una clara ocultación que muy en el fondo parecía impuesta, porque además de notársele otra vez ciertas ganas de decir algo, también lo volteó a ver la Licenciada y éste cerró aún más la boca.
La Licenciada Puuc finalmente dejó de recitar el promocional, pero para dar repentinamente por terminado el encuentro, diciéndole a Inés que le mandaban las entradas y, girando sobre sus pies para meterse a su cubículo, en su retirada volteó a ver al Ingeniero, quien después de la mirada también tomó un paso y ambos se metieron al cubículo y cerraron la puerta.
La señorita amable y risueña del frente llegó por Inés y le dijo que muchas gracias, que dejara sus datos y que le avisaban de la inauguración.
Si Inés pensó que había tenido mejor suerte, este segundo revés la desmintió, aunque le confirmó que aquella pista de don Evaristo algo escondía.
***
Pasaron algunos días solitarios y silenciosos con menos sol que humedad en los que Inés no logró platicar con casi nadie. Había algo de información general sobre el puente en Internet, pero era trabajo de escritorio —datos del propio gobierno— que cualquiera podía consultar, y aunque Inés incorporaría los datos duros, prefería nutrir la crónica con testimonios humanos, especialmente algo más sobre la grieta, que la cautivó ya definitivamente tras la extraña reacción de la Licenciada Puuc.
Intentó con un par de hoteleros y restauranteros otra vez de la zona del puente, pero se notaron renuentes. No ante ninguna inquisición en particular sino en general, como era habitual en el oficio, y si bien sí se detuvieron un par de transeúntes y turistas para dar su opinión sobre la obra, ninguno habló de la grieta y ni la conocía.
Hasta que le entró un mensaje inesperado del editor de La Verdad.
—Cómo vas Inés?, decía, sin signo de interrogación inicial.
A Inés le parecía curioso que un editor omitiera el signo de apertura, aunque ya era normal en mensajes de teléfono. Pero aún más raro era que quisiera saber cómo iba, si el ofrecimiento de la nota había sido de ella y el puente ni siquiera se había inaugurado.
—Hola. Bien, contestó Inés. Recabando. —¿Por? Y ella sí incluyó los signos de interrogación debidamente para demostrar seriedad.
—No, nada, contestó el editor. Es que tengo entendido que ya se inaugura hoy en la tarde, dijo. Quería saber si ibas a ir y cuándo tendrías la crónica?
Inés rápidamente verificó en las redes sociales si había algún anuncio antes de contestarle al editor. Pero si el evento era esa tarde, querría decir que la oficina de gobierno definitivamente no la había invitado a propósito.
Y sí. En las cuentas oficiales decía que había llegado el día. Que esa tarde, sin aclarar la hora, el gobierno cortaría el listón. ¿Dónde? En el mismo puente, un regalo tan esperado para la península, postergado por gobiernos anteriores, decía el aviso.
—¡Claro!, le contestó Inés al editor. —Ya tengo pase, obvio. Y añadió que pasado mañana le tenía la crónica.
Por supuesto era mentira, pero Inés la veía más como una compra de tiempo. Su cálculo era irse a deambular a la zona desde ese momento para pescar con la vista a la Licenciada Puuc y al Ingeniero Cervera en cuanto iniciara el evento, forzándolos a dejarla pasar, pues ellos mismos la habían invitado. E idealmente hablar con él sobre la grieta a la menor oportunidad: dejar aflorar en el Ingeniero aquellas ganas que se habían quedado contenidas.
Así que hacia allá se fue unas buenas horas, en medio de la despiadada humedad que perpetuamente le empapaba el cuerpo, a esperar los primeros visos del evento.
Y se quedó por ahí unas horas, pero en cuanto vio movimiento y se acercó supo que algo estaba mal. Del lado de la zona hotelera, el entronque estaba resguardado por la Guardia Nacional. Dijo que era de medios, pero cuando les mostró una tarjeta de prensa, le dijeron que no tenían conocimiento de su nombre como si alguien les hubiera dado el aviso de no dejarla pasar a pesar de que sí empezó a llegar gente de medios.
Pero del otro lado, del lado del puente que llevaba hacia la ciudad, empezaron a llegar camionetas Suburban blancas y negras, comitivas del gobierno estatal. Una de ellas con políticos rodeados de escoltas y funcionarios. Y de una de esas camionetas, precisamente, descendieron la Licenciada Puuc y el Ingeniero Cervera.
Inés les gritó, ondeó la mano, saltó y volvió a gritar enfrente de los militares. —¡¡¡Aquí estoy!!! ¡¡¡Gracias por invitarme!!! Y estaba segura de que al menos el Ingeniero Cervera la había visto, porque éste se quedó mirando un segundo en su dirección.
Pero sus llamados fueron infructuosos. A lo lejos, vio un breve y apresurado corte de listón con la gente de gobierno posando con una sonrisa como si fuera un trámite para las cámaras, algo muy extraño, unos apretones de manos, aplausos y cambios de posición para diferentes ángulos, y rápidamente los políticos regresando a sus camionetas y las comitivas yéndose de vuelta a la ciudad, incluidos la Licenciada Puuc y el Ingeniero Cervera.
Inés había quedado de mandar la crónica al día siguiente y ni siquiera había entrado al evento. La incógnita seguía siendo, más que nunca, la grieta.
***
Buscó, inquirió, habló, pero en cuanto mencionaba que era periodista, la gente que al principio mostraba soltura, se echaba súbitamente para atrás, se escurría, como si hubiera un convenio colectivo para ocultarse.
Siguiendo a un viejo mentor y su propia experiencia, en esos casos era mejor confesarle a los lectores la verdad. Decirles tal cual lo que había ocurrido, transferirles la incógnita y que decidieran ellos, acaso más adelante habría chance de hacer una actualización.
Así que en la mesita de su cuarto de hotel, con vista al puente recién inaugurado, vació la escueta experiencia en la computadora.
Escribió que el puente en efecto se veía espléndido en el horizonte, que había un paralelismo con el Veneciano de Miami y que la obra en general no sólo era armónica sino que podría ser benéfica, pero que si bien le chocaba transferir la duda a sus lectores, en sus paseos por los alrededores los pobladores locales le habían mostrado lo que había sido una gran grieta entre los pilotes cuarto y quinto del puente; que ella misma la había visto y que ya estaba recubierta de pintura y supuestamente reparada, pero que sus reiterados intentos de averiguar con distintos funcionarios habían sido infructuosos. Y destacó la notable renuencia de la Licenciada Puuc y el Ingeniero Cervera, mencionando ahora sí sus puestos y nombres.
Y así, después leerla mil veces y dejarla reposar, a pesar de que no la convencía y la sentía floja para sus propios estándares, esencialmente por la incógnita no resuelta, la envió al editor de turismo de La Verdad y se fue a la playa a desconectarse.
***
Pasaron unos días. Ni siquiera revisó su nota ya publicada, no inmediatamente. Hacía años que no lo hacía. De joven principiante refrescaba las páginas mil veces hasta que aparecieran sus notas. Era la ansiedad de publicar, como si esa fuese la meta. Y había colegas con carreras prominentes que aún perseguían esa recompensa. Pero ella ya no. Le parecía medio narcisista leerse luego luego, era darse demasiada importancia, así que volvió a tomárselo con calma y ya revisaría.
Y cómo no, cuando se reincorporó al ciclo noticioso —una coyuntura que se movía cada vez más rápido y duraba máximo 24 horas—, encontró que su crónica no sólo era apenas una notita desmenuzada en los confines del ciberespacio, sino que la incógnita central había sido suprimida, que había desaparecido la tensión medular, que ni siquiera guardaba la mínima duda periodística. Esencialmente era otro boletín de relaciones públicas como los demás y hasta con las mismas fotos, como si ella misma las hubiese tomado y sí hubiese estado en el evento.
Le escribió al editor con más diplomacia de la que equivalía a su cólera:
—Veo que la nota no es lo que mandé, le escribió enojada.
Sin embargo, además de contestarle en otros dos días en los que a Inés la carcomió más el coraje y ya que el tema había perdido todo valor noticioso, el editor escurrió el bulto de la manera más previsible diciendo que el manual ético de La Verdad prohibía publicar nada que no pudiera probarse.
—Y éste, querida, le dijo —y todavía la querideó, lo que la puso aún más furibunda—, es el caso.
Inés iba a contestar rápidamente, incluso poniéndose en actitud pedagógica, que lo importante era lanzar la duda, que ella misma había visto la posible grieta, que era un testimonio de pobladores locales corroborado parcialmente por ella, que había encontrado una reacción conspicuamente sospechosa de las autoridades; y que no sólo era eso, que la crónica estaba diluida por todas partes, que ni siquiera las fotos eran suyas.
Pero apretó los dientes y derramó una lágrima de impotencia. Los días que había tardado el editor en contestar, el argumento tramposo —pero difícil de refutar— de que nada podía probarse, echarse una bronca con un periódico, cerrarse una puerta. ¿Qué podía ganar? Sobre todo cuando le había caído íntegro el depósito.
Y así, con el páncreas retorcido, admitiendo una alteración fatal de sus palabras, estimó que sus posibilidades de regateo eran contraproducentes y simplemente desistió. Y estoicamente, pero no sin profundo coraje, le dio la vuelta a la página. A lo que sigue, había dicho también una vez aquel mentor.
***
Permaneció un tiempo ahí cazando su siguiente proyecto, leyendo las memorias de Anthony Bourdain que le habían recomendado, disfrutando las playas y por lo menos aprovechando el cheque de la reciente nota. El coraje regresaba de vez en cuando, pero ahora se asomaba la posibilidad de que una revista americana le comisionara directamente a ella una crónica sobre el tren que atravesaba la selva — ¡y pagada en dólares! Una especie de compensación kármica por el último trago amargo.
Y con la promesa de esa justicia retributiva pasó a despedirse de don Evaristo, como había prometido, y echarse sus últimas pescadillas antes de dejar definitivamente la emblemática ciudad entre dos cuerpos de agua para irse a un pueblito e ir explorando el tren.
Bajó las escalinatas y ahí encontró a don Evaristo como la otra vez, idéntico, sin camisa y desplegando la panza, aunque le tomó un momento recordar su cara entre tantas que pasaban ahí a diario, pero finalmente la saludó con gusto genuino, aunque ello no quitó su natural impasibilidad para seguir atendiendo clientes; que en esta ocasión, por la hora y el día, eran muchos: una fonda bastante llena.
De todas formas Inés alcanzó mesa y se sentó, al pie de la majestuosa laguna, ahora ya con el puente recién inaugurado y coches transitando encima de él a toda velocidad.
Se veía bien, pensó, con todo y la bilis derramada. Ni siquiera volteó a ver la marca que había suscitado el desaguisado. Pidió sus pescadillas y una cerveza y sacó una libreta para ir esbozando su próxima narración, apenas una lluvia de ideas con la compañía del puente, el oleaje lagunero y los rayos del sol.
Venían resbalando las primeras burbujas de cerveza, fluyendo las primeras ideas, con la cara de Anthony Bourdain al lado como si fuese un invitado a la mesa, cuando Inés oyó un estrépito agudo como de esas gringas rubias en antiguas películas de Hollywood:
—Oh, my gaaaaaad!
En efecto, era una turista a unas cuantas mesas poniéndose de pie y señalando al horizonte.
Inés volteó siguiendo el dedo índice al igual que todas las mesas y, en el giro de su cuello, casi como si hubiesen sido sus propias vertebras cervicales tronando, escuchó un poderoso “crac” seguido de una especie de vibración auditiva que salía del puente hasta envolverla a ella y toda la enramada.
De los pilotes antes señalados se cuarteaba rápidamente el costado del puente subiendo hasta el viaducto principal y escindiendo en dos la plancha. Todo sucedía muy rápido como en un sismo e Inés no pudo ni pensar. Se oían los coches frenando a toda velocidad, pero eran tantos deteniéndose tan súbitamente en una avenida de tan alta velocidad, que inevitablemente se hizo una inmensa carambola donde cada uno que chocaba en la cola acercaba más y más al agua a los primeros a través de la cuarteadura, colocándolos al borde del precipicio.
Y ahora sí comenzó a gritar toda la enramada, siguiendo a la gringa. Mezclas de inglés, español y hasta maya.
— “HELP”
—“AUXILIO”
—“ÁANT”
Inés sólo escuchó el rechinido previo y sintió el golpe seco de un coche estrellándose al final de la hilera, provocando una onda de choque que puso al primer coche a centímetros de la laguna, pendiendo apenas de unos alambres que detenían levemente los ya dos segmentos claramente divididos del puente.
Del fondo de la enramada, de atrás de la gringa que gritó, salieron disparados otros dos gringos, esta vez hombres y muy fuertes, típicos spring breakers, populares en la zona, tatuados, con trajes de baño de surf, perfectamente cincelada su musculatura, incluso Inés alcanzó a ver que uno llevaba tatuado en el brazo “Marines”. Y en la conmoción del momento se aventaron a la laguna y comenzaron a nadar hacia el puente, la lógica —concluyó Inés—, ayudar en la inminente caída de uno o varios coches.
Nadando iban a toda velocidad, dando brazadas, la gente gritando, otros aplaudiéndoles, cuando también de la enramada pero demorado y sin demasiada fuerza gutural para emitir un grito contundente, don Evaristo salió detrás de los gringos con su panza agitada suplicando con un leve: “¡Noooooo, jovem!”.
Y sí, era demasiado tarde. Regresando una vez más la vista en dirección al puente hacia donde nadaban los héroes, Inés comprendió el rótulo de advertencia. De un lado y del otro, de izquierda y derecha de los valientes salvavidas, llegaron con una celeridad realmente insuperable, una auténtica fuerza de la naturaleza, los dos inmensos cocodrilos, Layda y Andrés, cercando a los gringos en sándwich.
—¡Noooo!, gritó más la gente, esa plegaria universal de inevitabilidad y auxilio.
Apenas si se vieron las escamas dorsales de su cola por un nanosegundo cuando enfrente de Inés comenzó a reproducirse tal cual la imagen que la había asaltado. Los horribles cocodrilos giraban sobre su propio eje, coleteaban y se retorcían. De los nadadores sólo se vieron fugazmente unos bracitos batallando, pedazos de tela rasgados y unas burbujas que dejaron de brotar antes de que Inés asimilara el espanto, regresando a las aguas a su habitual marea. Y tras unos segundos, no quedó nada.
Inés sólo logró bajar la mirada para taparse los ojos con la mano renunciando momentáneamente a su vocación periodística cuando, de remate, escuchó otro fuerte choque en la carambola y varios splash más en la laguna de coches asistiendo a su fatal caída, un cuadro en el horizonte que ya había sido advertido en su censurada crónica y, más aún, en su visión.
No saciados aún tras haber devorado a los gringos, los cocodrilos avanzaron hacia los otros coches caídos.⦿






