De la urna al machete
Voyeur de Venal augura que sin árbitro común para todos, la pelea deja de ser civilizada, a propósito de la reforma electoral que viene.
La democracia mexicana no fue una dádiva del viejo PRI, sino un proceso lento y trabajoso para despresurizar al sistema. Desde la reforma de 1977 poco a poco se abrieron rendijas: plurinominales para las minorías, financiamiento público a partidos, un árbitro electoral con autonomía, ciudadanos contando votos, organismos de contrapeso. No fue generosidad: fue instinto de supervivencia. Sin esas válvulas de escape, la violencia política de 1968, 1971, 1988, 1993 o 1997 habría escalado a algo mucho peor. La apertura sirvió como antídoto contra el conflicto.
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Entonces llegaron los populistas. Primero con la descalificación del árbitro como bandera; después, en 2006, con el intento fallido de incendiar las calles; y finalmente en 2018, ya en el poder, con el desmantelamiento meticuloso de lo construido en décadas.
En su primer sexenio fabricaron clientelas con dinero público, inventaron un ejército de 150 mil “servidores de la nación”, colonizaron al INE, capturaron al Tribunal Electoral y usaron recursos legales, ilegales y criminales para montar elecciones de Estado.
En el segundo, con apenas el 54% de los votos, se hicieron del 76% de la Cámara, desmantelaron organismos autónomos y se apropiaron del Poder Judicial con una elección fraudulenta. Ahora quieren una reforma electoral que les entregue el control total.
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