Un vándalo en cada hijo te dio
El amaneramiento del mejicano es directamente proporcional a nuestra brutalidad.
Como sabemos, los mejicanos logramos exitosamente agotar todas las formas de conocidas de la cortesía. Para sustentar lo anterior, a continuación enlistaré cinco casos emblemáticos:
Dar gracias a la menor provocación.
Decir «salud» con la rapidez de un reflejo cuando escuchamos que alguien estornuda.
Observar con el mayor rigor el huso horario y corregir implacablemente, pero con delicadeza, a quien dice «buenos días» cuando ya pasan de las doce.
Pedir cosas con la pregunta «¿te puedo molestar con…?»
Tirar la casa por la ventana cuando ofrecemos una reunión, cuchipanda o fiesta para agasajar a propios y extraños.
Los casos anteriores son sólo ilustrativos porque poner aquí una lista exhaustiva sería descortés para el desocupado lector. Sin embargo, esta cortesía es meramente superficial porque, en el fondo, somos unos energúmenos.
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Este rasgo esencial del mejicano —enmascarado con florituras y ademanes— aparece a la menor provocación. Tal es el caso de cuando vamos en coche y otro mejicano —al lado nuestro, en su coche— nos advierte con la direccional que va a cambiar de carril justo delante de nosotros. En ese momento, toda nuestra reverencia y pompa saltan por la ventana para dejar lugar a un aborigen que acelera para impedir que el otro pase y, además, mirarlo con odio e indignación, si no es que le mentamos su madre por abusivo y comecuandohay.
Manifestación de esa barbarie mejicana es el cúmulo de videos de choferes de uber o motociclistas que muestran que lo nuestro es la vida salvaje.
Pero también los hay de estudiantes de los tres niveles —ellos y ellas— en peleas dignas de unos cromagnones.
Por supuesto, la muy noble y muy leal ciudad de Méjico, es escenario vasto de luchas campales y confrontaciones de todo tipo. Tan sólo con los videos que circulan en la mejor red social del mundo y que consignan las trifulcas en los vagones del metro chilango, podríamos hacer una serie documental de 27 temporadas.
El otro día, el Congreso de la CDMX, fue mudo testigo de una gresca de esas causada por nuestra incontinencia y falta de temple.
Llegados a este punto, debo aclarar que la intemperancia no es exclusiva de los burócratas, sino un modo esencial de ser de los mejicanos. Las riñas con mordiscos y toda la cosa verificadas en cualquier «la más alta tribuna de la nación» son las mismas que vemos al lado de casa o en el colegio de los niños o en medio del tráfico.
Es tal nuestro grado de salvajismo, que nos vemos obligados a ocultarlo en la exagerada cortesía de la que también somos víctimas. Dicho de otra manera, el amaneramiento es directamente proporcional a nuestra brutalidad. Por eso, la desmesurada gesticulación en la Cámara de Diputados (basta en detenerse en el pomposo apelativo «Palacio Legislativo de San Lázaro con el que llaman al bodrio arquitectónico ése) convive con la rabanería a la que los diputados nos tienen acostumbrados al debatir las leyes que de ella emanan. Pongo de ejemplo el espectáculo del pasado miércoles, cuando se votó la reforma electoral propuesta por la Doctora Presidenta.
Piense también, por mencionar otro caso reciente, en la fastuosa fiesta de 15 años que un señor Juan Carlos Guerrero Rojas pagó para su hija Mafer. Las estimaciones rondan los 45 millones de pesos y entre los bufones a cargo de entretener a la concurrencia figuraron un J-balvin y una Belinda. En realidad, cuesta trabajo distinguir entre la Cámara de Diputados y la carpa donde Gali recibía a los invitados a los XV.
Pero, buéh, si en la mentada fiesta todo era esperpéntico y abultado, es por la medida igualmente exagerada y abrumadora de nuestra proclividad a lo pantagruélico. El despilfarro delirante y la cortesía hiperbólica son un grito de auxilio para salir de un estado salvaje. Nuestro himno nacional —el segundo más bello del mundo sólo después de la Marsellesa— describe con exactitud esta impronta bestial de nuestro carácter. Un vándalo en cada hijo.





De hecho, la cortesía es también preventiva: echarte un rollo de "perdone la molestia, sería usted tan amable de... se lo agradeceria, perdón otra vez" es el equivalente retórico del sometimiento animal. Si en el coche o el poco h congreso aflora nuestra verdadera brutalidad y bestialidad es porque proveen de una sensación de temporal invulnerabildad, ya sea la lámina o el fuero.
Hay una GRAN diferencia entre la población de la CDMX y otras ciudades del país