Pasé varios días leyendo las voluminosísimas memorias de Angela Merkel Freedom. Me resistí a leerlas cuando se publicaron hace dos años porque numerosas reseñas las calificaron como aburridas, sosas, desprovistas de anécdotas jugosas. Las reseñas tenían razón.
Angela Merkel es muchas cosas, pero no es una escritora amena o capaz de inspirar grandes emociones en sus lectores. Su concepción de la política tiene tanto contenido épico como una jícama sin jugo. Su obsesión es la eficacia en la administración pública, la resolución de problemas burocráticos. Números, porcentajes, equilibrios presupuestales. Una tecnócrata tan carente de carisma como José Antonio Meade, pero sin la soberbia prepotente de Luis Videgaray. Una mujer decente, estudiosa y trabajadora al estilo de Enrique de la Madrid, pero diferente de él y los otros tecnócratas que mencioné, por el hecho de que ella sí sabía ganar elecciones. Es más, ganó prácticamente todas aquellas en las cuales participó como parlamentaria y posteriormente líder de su partido a lo largo de las décadas. Una mujer marcada por la cultura empresarial de los resultados, pero que no fue ajena o indiferente a las pasiones ideológicas de su tiempo, sino que precisamente por haberlas padecido como ciudadana de la República Democrática Alemana o Alemania Oriental (la Alemania comunista), sabía contenerlas y administrarlas.
En un entorno internacional tan convulso como el de esta semana, la lectura del libro de Merkel me resultó intensamente reconfortante. Arrancamos con el violentísimo y desestabilizador operativo de captura de El Mencho en nuestro país, por supuesto a instancias de la presión estadounidense. Luego, otro discurso del Estado de la Unión agresivamente polarizante por parte de Donald Trump. Finalmente, el más reciente ataque de Israel y Estados Unidos contra Irán, donde todo indica que lograron asesinar a Alí Jamenei.





