Escribí abundantemente en otros espacios (y en éste) de las equivocaciones analíticas de la comentocracia sobre este proceso electoral. He defendido infatigablemente a los partidos políticos como instituciones indispensables para la sobrevivencia de la democracia, a contracorriente de la opinión generalizada que los ve como organizaciones prescindibles y obsoletas.
Ahora bien, una cosa es defender las instituciones y otra muy distinta defender a sus dirigentes. Quienes encabezan el PRI y el PAN (el PRD ya no existe hasta donde entiendo) no tienen el más mínimo sentido del decoro y la decencia pública. Los resultados del domingo pasado llamaban a un elemental sentido de la responsabilidad para decir “las decisiones y la ruta que adoptamos como dirigentes de nuestros partidos los han llevado al desastre. Es momento de renunciar.” No sucedió. Buena parte de la explicación del mito del fraude y las impugnaciones masivas reside en una maniobra distractora de los dirigentes partidistas para enfocar la atención del público en un litigio postelectoral y no en la exigencia de que Alito y Marko rindan cuentas. En el caso de Marko Cortés, está próximo a concluir su período, pero es sabido que quiere dejar cercanos a su grupo al frente del PAN. En cuanto a Alejandro Moreno, ya prepara su reelección como líder nacional del PRI.





