El que tenga miedo a morir, que no nazca. Este imperativo es muy mejicano y es el precepto que sostiene nuestra honda convicción de reírnos de la muerte. De modo que no podríamos tener ninguna fiesta como el día de muertos. Esta celebración ancestral y autóctona creada por James Bondtl, resume a la perfección nuestra devoción por la muerte.
En esta gran nación, que es Méjico, la muerte nos la pela. Nos la pela tantísimo que nos morimos hasta cuando festejamos que la selección mejicana venció a la de Ecuador en el mundial. Así de rotundos. Y como nos importa la muerte, no nos importa nada. Por eso fuimos a hostigar a la selección rival a su hotel, a mitad de la noche, para que no durmieran ellos ni nadie ahí alojado.
Pero no sólo eso. En otras sociedades, la muerte tiene una gravedad chocante y carga con un peso de solemnidad y dolor insoportables. Por ejemplo, a inicios de este año, un tren en España chocó y murieron 19 pasajeros. ¿Qué hizo el gobierno? Declarar tres días de luto nacional. Otro caso: En Canadá, en febrero, Jesse van Rootselaar asesinó a ocho personas —seis de ellas, estudiantes de secundaria—. ¿Qué hizo el primer ministro Mark Carney? Cancelar su viaje a la 62ª Conferencia de Seguridad a celebrarse dos días después del tiroteo en Munich y declarar siete días de luto nacional.
Pero acá, la muerte nos la pela. Ayer, en Veracruz…




