
No fue un evento como los de los últimos años. El gobierno capitalino genuinamente quería recuperar el espíritu del ajolote, criatura mística, mítica y ancestral, y reconciliar a la ciudad con su identidad primigenia.
La mejor prueba de que no era la demagogia de siempre es que las autoridades sí creían en el poder metafísico del ajolote, aunque también aprovecharan la parafernalia para su conveniencia política.
El poder achacado al anfibio era el de regenerar el mundo igual que regeneraba sus extremidades.
Y así exactamente le llamaron al evento: Regeneración del Espíritu del Ajolote, mismo que cumplió con los requisitos de los sacerdotes xochimilcas invitados. Hubo ritos, cánticos y danzas prehispánicas.
Y con la lectura del enigmático Códice āxōlōtl desempolvado por científicos sociales de la UNAM ahí presentes, se liberaba finalmente del pantano después de 500 largos años, el llamado monstruo del agua.
Estuvieron también jueces de la Suprema Corte, legisladores y medios de comunicación.
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La ciudad siguió con su ritmo acostumbrado un par de días, una de las metrópolis que nunca duermen. Bares, cantinas, restaurantes, centros nocturnos, luces de neón.
Pero una mañana, a pesar del ajetreo, distintos usuarios de redes sociales reportaron la aparición, en varios puntos de la ciudad, de bardas y bancas pintadas de un color muy extraño. Una especie de morado claro, tirándole a lila, como si estuviese diluido con blanco.
Lo curioso es que las bardas y bancas parecían seguir patrones matemáticos. Por ejemplo, una pintada y una no; o cinco sí, cinco no; o barda y banca, barda y banca, y así.
Y como en muchos otros temas, unos celebraban: “Miren que bonito (sic).” Otros se quejaban: “Espantozo ese morado Parece Suabitel de labanda (sic)”. Y la enorme mayoría comentaba que por sus rumbos no había nada: “Por aquí no paso el diablo (sic)”
Pero sumando todos los avistamientos, acaso eran miles.
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Pasaron unos días más y el fenómeno se olvidó. Quedó enterrado en el efímero algoritmo de las redes. Ni el gobierno tomó ningún tipo de postura, ni los medios investigaron, ni los habitantes indagaron. Las bardas y bancas permanecieron ahí, moradas, para irse desgastando lentamente en la intemperie citadina, que había vuelto a su acostumbrado ritmo de 24 horas.
Pero otra vez durante una noche inadvertida algo tuvo que haber sucedido, pues ahora amanecieron pintados puentes peatonales, estaciones de metro y metrobus, parques, estatuas, fachadas enteras, hasta la cal para que a los árboles no se les subieran hormigas. Mismo tono: un violáceo diluido en crema. Y si la primera vez se podía discernir un patrón matemático, esta vez eran tantos objetos que era indistinguible.
Cundió el enigma, pues de las redes saltó a los medios tradicionales —tele, radio y prensa— y toda la cometocracia se metió.
“¿Vandalismo?”, preguntaban algunos en tono acusatorio. “Ha de ser algún iconoclasta nocturno como Bansky pero colectivo”, sugerían sociólogos. “Son las brigadas nocturnas del gobierno”, decían detractores quejándose. Y lo mismo decían simpatizantes celebrando.
El gobierno, sin embargo, lo negó. “No somos nosotros”, dijo, y se deslindó en un comunicado breve y escueto. Pero prometió investigar.
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Lo siguiente sucedió gradualmente durante toda la semana, de manera que hasta el viernes fue obvio que acaecía algún tipo de brote. Esta vez la gente misma reportó haber amanecido del mismo tono.
Era como si la piel se hubiera pigmentado, como en la hepatitis, pero de morado, parecido a la hipotermia. Desde luego que, tratándose de tejido humano, no era la misma saturación de color que en los objetos urbanos, pero sí suficiente para confirmar que era el mismo pantone.
Afectaba a todos, de modo que no se podía concluir aún ningún tipo de factor de riesgo, origen o vía de transmisión. Su única coincidencia era ser capitalinos. Mas nadie sabía de qué se trataba. Caía lo mismo sobre pobres y ricos, feos y guapos, sanos y enfermos. Y lo más extraño es que no parecía causar ningún tipo de síntoma ni afectación, salvo la pigmentación, la cual no se quitaba con nada. Pero ni fiebre, ni somnolencia, ni debilidad, ni tos, ni ninguna saturación arterial, ni cambios en la frecuencia cardiaca ni respiratoria.
“¡Todavía no!”, advertían los agoreros y pesimistas. “¡Pero esperen tantito!” De ahí que se llenaran los hospitales y laboratorios y todo el mundo empezara a trazar analogías inevitables con la recién dolorosa y mortífera pandemia. “Otra vez no, Dios”, imploraban las multitudes.





