Mi palabra es la ley
Nada ni nadie puede controlar a los habitantes de esta gran nación, que es Méjico.
Se sabe que los mejicanos vamos por la vida haciendo lo que nos sale de las gónadas y que nuestra palabra es la ley, con o sin dinero. En buena medida, a esta convicción de que somos reyes sin tronos ni reinas obedece que las cosas en esta gran nación, que es Méjico, funcionen igual que el tren maya.
Toda la realidad en nuestra Patria ¡oh Patria! está definida por el siguiente apotegma: a ningún mejicano nadie va a venir a decirle qué hacer o qué no hacer. Para ilustrar la siguiente afirmación, pondré dos ejemplos de la vida diaria en la vía pública.
El primero es cotidiano y frecuente. Tiene que ver con la deplorable exigencia de sacar a pasear al perro. Cuando un mejicano lleva el perro al parque, le quita la correa fundamentalmente porque el perro «no hace nada». Si un paseante —a quien le dan asco los perros— se topa con el perro sin correa y le pide al otro que sujete al perro, el dueño del animal le advertirá que su mascota «no hace nada» y no le pondrá la correa.
Este comportamiento no viene dado porque, efectivamente, el perro haga o no algo, sino porque el dueño del perro es mejicano. Un mejicano insumiso e ingobernable a quien nadie le puede dar órdenes.
La naturaleza del segundo ejemplo es…





