México después de Venezuela: anticiparse al fraude electoral.
Si el régimen desconoce derrotas y controla al INE, la única defensa posible es la documentación ciudadana masiva: conteo paralelo, actas digitalizadas y vigilancia —como hizo la oposición venezolana.
Ya no existen elecciones libres a nivel presidencial en México. La oposición todavía puede ganar municipios y quizá estados, pero ya no la Presidencia. No hay evidencia de que el régimen haya desconocido una derrota aún, pero para ganar la pasada tuvo que violar sistemáticamente las leyes electorales: orquestó una campaña masiva anticipada durante años, movilizó desde la mañanera, repartió dinero y compró votos, amenazó y extorsionó opositores, empleó al crimen organizado y coaccionó. La última elección ya no fue equitativa.
El régimen ahora prepara una reforma electoral para no dejar cabos sueltos y reducir los pocos espacios aún disputados, pero la verdad es que de todas formas ya no se irá por las buenas. El INE está colonizado, el régimen es dueño del Poder Judicial y del Legislativo, de las fiscalías y, especialmente, de los tribunales electorales, y además tiene carpetas de investigación contra los principales opositores.
¿Qué hacer? Me refiero estrictamente a lo electoral, porque políticamente siempre hay otras alternativas, como promover una escisión en el propio régimen que lo resquebraje, y ahí cada hormiguita sabrá su tarea. Me refiero a qué hacer en caso de que crezca el descontento y el régimen pierda y no reconozca una derrota. Lo anticipo desde ahora porque ya hay que actuar.
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Bien: primero hay que documentar esa derrota. Para eso servía antes el INE, sobre todo con el caudal de ciudadanos que cuidaban casillas, contaban boletas y certificaban las elecciones. Pero ya no podemos confiar en un INE capturado, al que además le quieren quitar su autonomía en papel con la próxima reforma. Hay que actuar en paralelo. Y ahí es donde tenemos que hacer una operación a la María Corina Machado, la opositora venezolana ganadora del Premio Nobel de la Paz.
El régimen venezolano también destruyó a su autoridad electoral —el Consejo Nacional Electoral— para enquistarse en el poder, encarceló opositores e incluso inhabilitó a María Corina, por eso el candidato fachada fue Edmundo González. Machado sabía que el aparato estatal nunca reconocería una derrota. ¿Qué tenía que hacer? Documentarla por su cuenta. Y eso hizo: con un ejército de voluntarios montó una estructura paralela que registró una parte representativa de los votos, los digitalizó y los resguardó en el ciberespacio, para ojos del mundo. No se llevó las urnas —que estaban en manos de la dictadura—, sino fotos de las actas de cada mesa de escrutinio. Organizó un conteo paralelo donde recopiló todas las actas que sus voluntarios recolectaban, las escaneó, las digitalizó y formó una base de datos central.
Ese esfuerzo tomó meses de preparación intensiva y, según diversas fuentes, casi un año de planeación logística. Y desde luego, dinero: millones de dólares. Pero más importante aún, entrenamiento. En los meses previos a la elección se realizaron miles de talleres —cerca de cinco mil— para capacitar voluntarios en cómo observar, solicitar y recopilar actas, escanearlas y subirlas a una base de datos central en la nube. Esa red consistió en más de medio millón de venezolanos en todos los rincones del país.
Ese fue el testimonio ante el mundo y el punto de partida para desconocer el relato oficial de Maduro. De todas formas se aferró al poder y sacarlo requirió presiones internacionales y una intervención armada, con un futuro aún incierto por delante —para que aquilatemos el largo trecho que nos puede esperar cuando se enfrenta a un régimen enquistado—, pero la documentación del fraude fue indispensable: nada de lo posterior habría sido posible sin ella.
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México tiene ventajas comparativas, pero me parece que debemos empezar a organizar algo así desde ahora. Claro que el régimen obradorista también aprenderá de la experiencia venezolana para reducir márgenes de maniobra. Pero si la exigua oposición venezolana, con un régimen mucho más represivo, pudo montar una operación de esta escala, la mexicana sin duda puede: es asunto de voluntad. Y si la oposición formal no nos acompañara por ser comparsa del régimen, hay diversas organizaciones y personalidades que podrían aportar liderazgo. El débil control territorial del Estado, la orografía y ciudadanos que ya son asiduos en las jornadas electorales hacen más viable la vigilancia. Anticipémonos y volteémosle al régimen cualquier intento de desconocer nuestra voluntad.
Esquirla
Estas vacaciones noté a mucha gente ya usando abiertamente inteligencia artificial para escribir sus publicaciones en redes sociales, y no dudo que artículos enteros. No me refiero a verificar datos u ordenar hechos —que en mi criterio editorial se vale—, sino a escribir oraciones enteras, si no es que todo. Y déjenme decirles que se nota y es horrible. Estéticamente, quiero decir: frases huecas, un español ajeno, ausencia de espíritu. Pero incluso si no se notara —y es posible que el desarrollo de la inteligencia artificial llegue a esos niveles eventualmente—, ¿qué es lo que quieren los ciberplagiarios: que un robot les haga el trabajo? No se puede, porque, como decía Vargas Llosa, uno escribe para liberar la lombriz solitaria que tiene adentro. Me temo que para una sociedad que recurre tanto al plagio, como ha documentado el maestro Guillermo Sheridan, la inteligencia artificial es un gran aliciente.




