Los mejicanos (no) facturan
Tres rasgos distintivos de los habitantes de esta gran nación, que es Méjico.
Para los viejos como yo, el cuerpo es una vergonzosa carga cuya única finalidad es propinarnos achacosos tormentos. Hace algún tiempo decidí abrazar como mantra la resignada sentencia de Céfalo, el amigo que Sócrates va a visitar al Pireo al inicio de la República: los placeres del cuerpo han caducado para mí.
El asunto es que el otro día fui al médico por unos terribles dolores en mis partes pudendas. El trance que para algunos podría resultar bochornoso, a mi edad es muy llevadero. Luego del manoseo y la animada conversación con el médico, me ordenó un ultrasonido.
Nada en dicha gestión salió bien, tanto por los hallazgos como por el trámite en sí. Llamé al laboratorio recomendado por mi doctor para pedir cita, misma que me darían si y sólo si pagaba por adelantado el «dópler». Pagué y programé la cita para tal día a tal hora. Me indicaron que llegara 20 minutos antes para consignar mis generales y no sé cuánta tarugada más. Como soy un señor, llegué con media hora de antelación.
—«Hola, señorita», saludé a una fodonga con gesto de asco echada en una silla detrás del mostrador y que sorbía un popotito enterrado en tetrabrick de Boing de piña.
—«¿Nquépuedo servirle?», preguntó luego de dar un trago.
—«Fíjese que vengo a tal y cual cosa».
— «Uy, joven: fíjese que noáisistema».
El mentado sistema tardó en volver media hora y otros 20 minutos en requisar mis datos.
—«H’rita lo pasan, joven».
Apenas iba a sentarme a esperar cuando a través de un grito escuché mi nombre. Otra señora malencarada, que cargaba una tabla de esas con clip para sostener hojas me recibió con un:
—«Esdeque ya pasan 50 minutos de la hora de su cita», me dijo, cuando la demora había sido precisamente por culpa del laboratorio. «Por ese pasillo, en la segunda puerta», remató.
Entré a un cuarto ominoso, a media luz, con muchos aparatos y una cama. Por otra puerta entró la mujer malencarada y sin mirarme me dio instrucciones puntuales. Que si una bata, que si la abertura por enfrente, que recuéstese ahí, que le voy a poner tal, que le voy a pasar el aparato por acullá.
En fin. Una hora después, todo embadurnado de gel a base de agua, me quité la batita, me vestí y me dirigí a donde la del Boing de piña.
—«Señorita, necesito una factura».
—«Uy, joven… no hay sistema.
—«No me diga» —dije— «Y entonces, ¿cómo puedo tramitarla?»
—«Por la página, joven, o llamando. Nomás espérese porque… esdeque el sistema».
La mentada página no servía. Por teléfono, después de un vericueto interminable de presionar teclas que tomaba como 45 minutos cada vez que marcaba, tampoco se podía. Si no me colgaban, me dejaban esperando. Total. Que ya pasaron tres semanas y yo todavía no tengo mi factura.
Y con este relato sintetizo un modo de ser y conducirse muy propio de los mejicanos, definido por tres rasgos esenciales:




