Olviden el folclor y bananerismo por el atrincheramiento del compañero camarada Marx Arriaga en las oficinas neoliberales de la SEP, la verdadera nota ahí es que le tomó al gobierno cuatro días sacarlo. Es un puesto menor y la política educativa que adoctrina a nuestros niños para la mediocridad y el resentimiento la deciden en el Sindicato, pero el ideólogo logró el objetivo político de desafiar al poder central y mostrar a Sheinbaum como vergonzosamente incapaz de la mínima disciplina. En una palabra: débil. Si no puede remover a un correligionario de su propio movimiento, ¿cómo podría remover al crimen organizado?
Un caso mucho peor —por la naturaleza del puesto— es el del arquitecto de la propaganda obradorista, el apodado Goebbels mexicano, Jesús Ramírez Cuevas. El orquestador de la mañanera, de los linchamientos digitales, de las campañas de demagogia, de la inserción de opinadores serviles en todos los medios y del hostigamiento de críticos estilo comisarial. Sin embargo es, ni más ni menos, que el coordinador de asesores de la Presidencia, un puesto que le heredó López Obrador. Da exactamente igual si el reciente libro de Scherer Ibarra que lo quema tiene o no el espaldarazo de Sheinbaum, otra vez la verdadera nota ahí es que no lo pueden remover de su cargo. Un presidente con poder te aniquila de un plumazo.




