Nadie sabe bien qué ocurre al interior del régimen obradorista. No sabemos quién manda, quién quiere qué, cómo se están acomodando las piezas y cuál es el devenir. No con exactitud.
Es la típica opacidad de las autocracias y regímenes cerrados que obliga a todo mundo a estar adivinando. Incluso fue una disciplina en los tiempos de la Unión Soviética conocida como kremlinología, que empleaba a auténticos expertos en leer entre líneas e interpretar los gestos, símbolos, engaños, rituales y fintas del régimen soviético para saber qué ocurría al interior y cómo responder.
Sólo cuando cayó la cortina de hierro, Estados Unidos se dio cuenta de que había sobrestimado mucho a su enemigo durante cuarenta años y que en realidad éste era más débil de lo que temió. De cualquier manera fue mejor exagerar porque Estados Unidos se preparó más, y nada quita que el Kremlin sí tuviera armas apocalípticas (y las siga teniendo). Pero el asunto es que buena parte de la kremlinología estaba equivocada.
En México vivimos algo similar con el viejo PRI que si bien tenía reglas claras, instituciones y procedimientos, solamente la cúpula del partido y a veces el presidente, conocía las incógnitas: desde los secretos más íntimos en el seno del poder, hasta información que debería ser siempre pública, como partidas, presupuesto, estadísticas, evaluaciones y obras.
Algo similar ocurre ahora, aunque desde luego con muchas particularidades…





