Esta semana el implacable director de la DEA, Terry Cole, le dio un abierto espaldarazo a García Harfuch en la Conferencia Internacional para el Control de Drogas, organizada por la misma agencia en Argentina, aliada de Estados Unidos. En medio del vendaval por la cancelación de la visa de Andy, la ovación a García Harfuch tiene a muchos preguntándose por qué los mensajes cruzados, por qué golpes para unos y abrazos para otros, y si Harfuch es el hombre de confianza de Washington e incluso el inminente sucesor de Sheinbaum.
Lo primero que hay que aclarar, como he insistido en esta columna, es que existe una “competencia burocrática” entre las propias agencias de Estados Unidos. Lo que dice la DEA en un momento no necesariamente es lo que piensa la CIA en otro, ni lo que planea el FBI después. Si bien todas las agencias siguen una misma estrategia de seguridad nacional, cada una tiene sus ambiciones, presupuestos y tácticas, a veces contradictorias.
En pocas palabras, que la DEA respalde a Harfuch en una ocasión no quiere decir que lo respalde después ni mucho menos que sea el elegido de todo Washington. Esas son más las típicas conjeturas del juego político mexicano, obsesionado con “el tapado” desde épocas del viejo PRI.
Basta un pequeño clavado a lo ocurrido hace unos meses para despejar el punto:




