El amortiguador
El Mundial le compró al régimen un poco de tiempo justo en medio de la peor tormenta. Pero ese amortiguador ya terminó.
Como les había dicho, el Mundial fue tremendamente funcional al régimen. No sólo porque los Mundiales lo suelen ser para los peores regímenes, sino porque en este caso jugó varios papeles favorables al gobierno mexicano.
El más obvio es que le permitió a Sheinbaum enseñarle al mundo que aquí no pasa nada en términos de seguridad. Es verdad que hubo muertos en las celebraciones, algo no sólo muy reprochable sino propio de un país incompetente y poco serio. Pero no hubo incidentes importantes de seguridad con el crimen organizado, que era el que tenía todos los reflectores. Y aunque los hubiera habido, el mundo está distraído viendo el balón y es mi impresión que casi cualquier evento —dependiendo de su magnitud— se hubiera aplacado o mantenido para consumo local.
En pocas palabras, el Mundial le permitió a Sheinbaum, a ojos del mundo, subirle ligeramente el costo a Trump de realizar cualquier intervención mayor mientras duraba el torneo. Y que México haya sido una sede relativamente funcional dio la apariencia de que los alegatos de Washington son exagerados, aunque sean ciertos.
El segundo, menos obvio, es que el torneo le creó a Sheinbaum una especie de amortiguador, o lo que en análisis en inglés llaman el buffer zone, un lapso de tiempo para patear el bote hacia adelante cuando menos unas semanas justo cuando estaba en medio de la peor tormenta, entre las solicitudes de aprehensión, investigaciones, juicios en Estados Unidos y una tras otra revelación periodística. No es que la pausa vaya a salvarla ni mucho menos, pero cualquier tiempo comprado es oro, especialmente por la prevalencia de otros dos escenarios:





