Como se sabe, esta gran nación, que es Méjico, está conformada mayoritariamente de seres prelingüísticos, incapaces de establecer una relación con otros seres humanos mediante el uso de la palabra o, como vulgarmente se le conoce, diálogo.
La violencia es nuestra primera opción. Siempre. Al amparo del apotegma olmeca «¿para qué dialogar si podemos agarrarnos a vergazos?», el mejicano resuelve las cosas con la fuerza milenaria de sus puños. Somos el Kid Azteca en plenitud.
Esta incapacidad supone un obstáculo para que aquí florezca lo que en el resto del mundo se conoce como «civilidad». Para ilustrar lo anterior voy a poner el ejemplo reciente del «Acamoto», que, como su nombre lo indica, es una reunión de mejicanos dueños de motocicletas en Acapulco.
El mencionado Acamoto resume a la perfección el ser ajolotizado del mejicano: decenas de miles de compatriotas —lo que solemos llamar «la bola»— se congregan en el puerto para tres cosas: 1) gritar, 2) sobarse entre ellos y 3) hacer mucho ruido con sus motocicletas. También se intoxican con distintas sustancias, lo que facilita la sobadera y la gritadera y la emisión de ruido de motores.




Mutatis mutandis, lo que pasa en el Acamoto ocurre cotidianamente en todo el país y a cada rato. Por ejemplo, el otro día, un policía de tránsito quiso detener a un motociclista que, con su significant other a sus espaldas, iba en el carril bici y el motociclista se la cantó gacho ante la mirada absorta de su enamorada y el oficial de tránsito. ¿Se aplicó la ley? No.
Ocurre lo mismo cada que un tráiler vuelca su carga en alguna carretera de la república. De quién sabe dónde salen hordas de mejicanos para hacer la tradicional rapiña. Igual pasa con las farderas, los que apartan con un bien mostrenco un pedazo de calle para lo que se ofrezca y otros casos.
Esta incapacidad para el diálogo también se manifiesta en asuntos tan domésticos como cuando alguien le estorba el paso a un mejicano. Este acontecimiento, en apariencia inocuo, es un síntoma clarísimo de nuestra resistencia al arreglo mediante el uso de la palabra.
Cuando un mejicano (A) va a pasar por un lado y hay ahí alguien (B) que le estorba, (A) es incapaz de hablar para avisar de que (B) le obstruye el paso. Antes de emitir una orden («permiso») o preguntar («¿me dejas pasar?»), (A) es capaz de contorsionarse hasta provocarse una lesión de cuarto grado para librar el obstáculo con tal de no importunar a (B) con el uso de la voz.
Este asunto de la invalidez dialógica del mejicano me vino a la cabeza por el escándalo que algunos han montado a propósito de que la CDMX se está pintando de violeta y dibujitos infantiloides de ajolotes…





