Dos tipos de nacionalismo
El nacionalismo priista no tiene nada que ver con el morenista. Sus causas, usos y consecuencias para la política y para México son muy distintos.
Un amigo pregunta qué diferencia hay entre el nacionalismo priista (el nacionalismo revolucionario) y el nacionalismo de Morena.
Mi respuesta es un poco cínica, pero honesta. Considero que, una vez transcurridas las primeras décadas de la instalación del régimen postrevolucionario, el nacionalismo priista era, en su mayor parte, una pose funcional al régimen. Si pensamos incluso en un supuesto hípernacionalista como Luis Echeverría, promotor del discurso tercermundista, soberanista, latinoamericanista y todas esas ridiculeces, la sinceridad de sus posicionamientos era muy cuestionable. Hace unos años, los archivos nacionales de Washington y otras instancias gubernamentales norteamericanas pusieron a disposición de todo público la transcripción de las conversaciones entre Nixon y Echeverría. En ellas, el mexicano ofrece todo su apoyo a Washington para servir de puente con América Latina, en específico con la revolución cubana, con los izquierdistas de la región y con otros líderes mundiales que creyeran en el discurso tercermundista.
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Dicho de otra manera, Echeverría proponía enarbolar las causas de la izquierda de la época al mismo tiempo que aportaba su colaboración a los norteamericanos. Los discursos “progresistas” de Echeverría podían servir para posicionarlo como un líder progresista ante la base interna del priismo y ante un público internacional ansioso de oír la prédica antiimperialista. Sin embargo, la realidad es que Echeverría simplemente posaba para la foto, como suele decirse. Es verdad que le dio pronto asilo a los exiliados chilenos luego del golpe de estado pinochetista, y le gustaba dejarse ver con Fidel Castro, pero en el fondo, siempre se mantuvo alineado con Washington. En todo lo importante, Estados Unidos contaba con el PRI.
Podría parecer que el caso de Echeverría es una excepción, pero hace unos años también nos enteramos, mediante la publicación de las memorias de un exagente de la CIA que figuras señeras del nacionalismo priista, incluidos futuros presidentes, secretarios de gobernación y hombres de los servicios de espionaje del régimen se encontraban en la nómina de la agencia de inteligencia gringa como informantes. En el supuesto de que la aprobación del gobierno estadounidense resultaba indispensable para convertirse en “el tapado”, es decir el candidato presidencial del PRI, las figuras más prominentes del sistema político mexicano se esforzaban continuamente por quedar bien con Washington. De manera pues, que si bien los priistas alardeaban de su nacionalismo para consumo interno, en el fondo todos intentaban ser como el presidente Miguel Alemán: “Mr. Amigo.”






