Del cálculo priísta a la torpeza obradorista
Cómo el viejo régimen priísta usó la soberanía con astucia y el actual la degrada para blindar su incipiente autocracia.
Arrancando el siglo pasado México venía de un largo periodo de inestabilidad causado por luchas internas, rebeliones militares y cambios frecuentes de gobierno. Eso que llamamos “Revolución”. Había sufrido en carne propia la falta de “reconocimiento” por parte de potencias extranjeras, especialmente de Estados Unidos, que condicionaba el acceso a créditos o inversiones a la aprobación externa del régimen en turno. El gobierno posrevolucionario, consolidado bajo Plutarco Elías Calles, buscaba afirmar su soberanía, controlar sus procesos internos y reducir la injerencia extranjera en asuntos políticos nacionales.
En este marco, surge la Doctrina Estrada como una respuesta defensiva y, al mismo tiempo, una propuesta legal: México se negaría a juzgar la legitimidad de otros gobiernos porque consideraba que ningún Estado debía erigirse en árbitro de la política interna de otro.
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Este principio se vinculó al discurso de la “no intervención y la autodeterminación de los pueblos”, valores que México enarboló reiteradamente en foros internacionales. El país buscó así presentarse como un defensor del derecho internacional basado en la igualdad jurídica de los Estados, sin jerarquías ni tutelas morales de las potencias sobre los países más débiles.
Más allá de su dimensión jurídica y ética, la Doctrina Estrada tuvo un uso discursivo muy funcional al régimen. El sistema surgido de la Revolución, que terminaría cristalizándose en el dominio del PRI por más de 70 años, utilizó la retórica de la soberanía y la no intervención para blindarse de críticas externas sobre su propio funcionamiento autoritario.





