Coatzacoalcos: la barbarie
Los criminales desatan el infierno y el Estado responde con silencio.
Ya les he contado que los periodistas y editores, por formación, nos tenemos que curtir. Imagínense a un doctor que no pueda ver sangre o a un carnicero que no pueda ver vísceras, que le causara repulsión lo más rudimentario de su oficio. Estaríamos ante alguien que escogió mal su vocación. Asimismo, los periodistas deben tener algún tipo de madera para tolerar lo más grueso. Si bien no todos terminan dedicándose a lo macabro, siempre es parte de la preparación. Igual que un futuro cirujano comienza diseccionando ranas desde joven, en la carrera un periodista se empapa de ataques terroristas, asesinatos, guerras, accidentes, aunque nada lo prepara más que la calle y la vida real. No es lo mismo ver fotos de explosiones que ser corresponsal en una guerra, ni leer sobre censura que ser perseguido por un régimen.
Escucha en el podcast a Arturo Herrera, director de La Derecha Diario.
Yo le he entrado a algunas cosas. Empecé en nota roja no sólo por las reflexiones de Monsiváis, sino justamente para curtirme, de la mano de mi profesor, el fotógrafo Ulises Castellanos, que después tristemente se volvió propagandista de Obrador. Y me tocó ver lo peor de lo peor. Salíamos en la madrugada a ver los peores accidentes: calcinados, asesinados, atropellados, ya se imaginarán. Y aunque me desvanecí en ocasiones, aguantaba con la promesa de la formación en mente. Después estuve en el Medio Oriente y me detuvo durante unas horas el grupo terrorista Hezbolah en el sur de Beirut. Ahí no tuve tanto miedo porque, a pesar de saber frente a quién estaba, pensé que todo tenía un aire de aventura y que cualquier desenlace sería más o menos digno. Pero me imaginaba lo peor. Y así tengo varias historias.
Les decía que le he entrado a mucho, menos al narco. No como periodista de a pie, sí como editor y comentarista. Pero, en buena medida, no le he entrado por su brutalidad, la misma que ensayan con sus enemigos y con todo el que se interponga. Es gente que no tiene ningún tipo de límite moral ni estético para conseguir sus fines. Y me detengo un momento en lo estético porque no es menor. Desde que regresó la barbarie a México —digo “regresó” porque nunca se ha ido—, la amplia sociedad y no sólo los periodistas ya hemos visto descabezados, descuartizados, torsos apilados en las carreteras, colgados, quemados, desmembrados. La ferocidad y el horror son partes cotidianas del método. Hemos platicado ya de la insensibilidad que nos provoca la violencia.




